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OPINIÓN

Javier Oliva Posada, Profesor titular en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)

Las infraestructuras estratégicas y críticas

Conforme el mundo evoluciona en materia de servicios, producción y bienes, entre otros renglones, se observa, por supuesto, una creciente y proporcional interdependencia entre estados, empresas, sociedades y organizaciones en general.

La simultaneidad con que se suceden los acontecimientos no significa que estén relacionados; pero a partir de que conocemos sus manifestaciones, sí. A su vez, esto da paso a la complejidad de las dinámicas que, sin duda, es el signo distintivo de nuestras generaciones.

El Diccionario LID Inteligencia y Seguridad, publicado por el Ministerio de la Presidencia de España y la editorial LID, define el término “estrategia” como el “conjunto de directrices, orientaciones o pautas flexibles, concebidas en el mundo de las ideas, que aseguran la decisión, coordinación y sincronización óptima de acciones ejecutadas en distintos niveles con el fin de dar solución a un conflicto de intereses y lograr un objetivo…”. Ahora bien, ¿cómo se deriva este concepto de estrategia –y hay otros más– a las infraestructuras? Y para hacerlo más interesante aún, ¿cómo y en qué se asimilan y distinguen las infraestructuras estratégicas de las críticas?

Infraestructuras diferentes

Hay diversos ordenamientos jurídicos en México que aluden al carácter de infraestructura estratégica caracterizando, aunque no de forma explícita o específica, en sus funciones. Es decir, no hay un listado de variables que permita distinguir entre las que sí son y las que no son consideradas como tales. En esa ambigüedad resulta posible, por ejemplo, incorporar una carretera interestatal, una presa o un aeropuerto secundario.

Un primer criterio para asegurar que una obra de infraestructura es estratégica es el porcentaje que representa del total nacional respecto a las actividades o cobertura que cumple. Por ejemplo, todos los aeropuertos comerciales del país son importantes. Pero algunos, pocos, por su volumen de pasajeros, carga y ubicación, resultan, además de estratégicos, críticos para el funcionamiento del sector aéreo.

Lo mismo se puede afirmar de las carreteras, pues si bien cumplen un papel esencial en el fortalecimiento del mercado interno y, por lo tanto, de los mercados regionales, hay algunas que representan una auténtica columna vertebral de la comunicación y el transporte de mercancías para amplias zonas e incluso para la economía del país.

Recordemos, por ejemplo, el prolongado bloqueo en meses recientes al ferrocarril en el estado de Oaxaca y sus perniciosos efectos sobre varias ramas industriales y de ensamblaje del país. Allí se trató de un evento sindical (protesta), pero con graves consecuencias económicas. Ese sería un clásico ejemplo de afectación a una obra de infraestructura estratégica y crítica. Pero la cuestión no termina ahí.

Antagonismos

Las dinámicas sociales contemporáneas en México y en el mundo hacen del acto de gobernar un asunto complejo. Al mismo tiempo, la irrupción en los escenarios de la seguridad en sus distintas dimensiones –conocidos como agentes o actores no estatales– son otro aspecto a considerar y de fondo en el diseño de las políticas de protección y prevención en las infraestructuras estratégicas y críticas. Por eso resulta indispensable que, además de la distinción entre el funcionamiento y la incidencia en el desarrollo de un país en cuanto a la operatividad de las infraestructuras en general, se clasifique respecto al perfil y los fines de los antagonismos.

A pesar de lo breve del espacio destinado a esta colaboración, por lo menos deben mencionarse otras obras de infraestructura crítica que no se encuentran sólo en el plano terrestre pero que también aluden, y de fondo, al buen funcionamiento, por ejemplo, de la telefonía celular, de la transmisión de datos bancarios. Me refiero, desde luego, al ciberespacio y a los satélites. Esta es una renovada dimensión a la que tendremos que referirnos en los siguientes años, cada vez con más y más frecuencia y atención.

Además de los potenciales antagonismos sociales y de agentes no estatales, se encuentran los que proceden de los fenómenos meteorológicos, que van desde un sismo hasta una inundación, ciclones, erupciones volcánicas, etc. De tal suerte que el desarrollo de la ciencia y la tecnología para prever tan amplia gama de fuentes de desestabilización sea desde hace varios años una absoluta prioridad para gobiernos y empresas de todo tipo.

Por último y, sin duda, el principal bien a resguardar es la calidad de vida de los seres humanos. De tal forma que entre los mejores resguardos se encuentren las obras de infraestructuras estratégicas y críticas. Cuanto mayor sea, mayor será también la certeza para el seguro y confortable desempeño de las actividades sociales. Ese es el objetivo.

La cantidad de desafíos que hoy enfrentan gobiernos y empresas para el cuidado de sus instalaciones, bienes, información y, sobre todo, de sus integrantes son proporcionales a la cantidad de factores (humanos o no) que pueden afectar de forma accidental o deliberada a su operación. De ahí que la estrecha colaboración entre los distintos sectores y las empresas de seguridad haya dejado de ser una opción para convertirse en una auténtica obligación.

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