Mientras diversos países de América Latina enfrentan el avance del crimen organizado transnacional, surge una pregunta inevitable: ¿basta con aumentar la presencia policial en las calles o es necesario fortalecer las capacidades de inteligencia e investigación criminal para enfrentar amenazas cada vez más complejas?
Evolución del crimen organizado en Chile
Durante décadas, Chile fue considerado una excepción dentro de América Latina en materia de seguridad pública. Aunque la delincuencia siempre existió, los niveles de violencia asociados al crimen organizado eran relativamente bajos en comparación con otros países de la región. Sin embargo, durante los últimos años, esa realidad comenzó a cambiar aceleradamente. El país ha debido enfrentar fenómenos criminales que históricamente parecían ajenos a su experiencia:
- Secuestros extorsivos.
- Homicidios asociados a disputas entre bandas.
- Organizaciones criminales transnacionales.
- Tráfico de migrantes.
- Extorsiones.
- Nuevas expresiones de violencia vinculadas al control de mercados ilícitos.
Las causas de este fenómeno son diversas: la crisis institucional derivada del estallido social de 2019, el debilitamiento de la percepción de autoridad del Estado, las dificultades para ejercer un control efectivo de las fronteras y el aumento de los flujos migratorios irregulares generaron condiciones que fueron aprovechadas por organizaciones criminales que vieron en Chile un entorno favorable para expandir sus operaciones.
Presencia policial en espacios públicos
Frente a este escenario, las autoridades han impulsado estrategias destinadas a recuperar la presencia policial en los espacios públicos mediante operativos masivos de control y vigilancia. En Chile, este tipo de despliegues ha sido denominado popularmente como copamiento, concepto que alude a la concentración temporal de una gran cantidad de efectivos policiales en sectores específicos con el propósito de aumentar la presencia del Estado, realizar controles preventivos y reforzar la percepción de seguridad.
Estas intervenciones producen efectos inmediatos y visibles: la ciudadanía observa más policías en las calles, aumentan las fiscalizaciones y se transmite una señal de control institucional sobre espacios que pueden haber experimentado fenómenos de incivilidad o actividad delictiva.
Copamientos: interrogantes sobre su implementación
Sin embargo, la pregunta relevante no es si los copamientos son útiles. La verdadera discusión consiste en determinar si estas medidas son suficientes para enfrentar amenazas criminales cada vez más complejas.
Esta reflexión abre además una interrogante legítima. Si los copamientos son una herramienta eficaz para recuperar espacios públicos y fortalecer la percepción de seguridad, ¿qué habría ocurrido si estas estrategias hubieran sido implementadas de manera sostenida desde los primeros indicios de deterioro de la seguridad observados tras 2019?
Probablemente nadie pueda responder esa pregunta con certeza. Sin embargo, resulta razonable pensar que una presencia policial más visible y permanente podría haber contribuido a contener parte de los fenómenos de incivilidad y pérdida de control de determinados espacios públicos.
Pero incluso si la respuesta fuese afirmativa, la pregunta seguiría siendo insuficiente. Porque el desafío actual ya no consiste únicamente en recuperar espacios urbanos. El problema es que muchas de las organizaciones criminales que hoy operan en América Latina desarrollan actividades que trascienden los territorios físicos y funcionan mediante redes capaces de adaptarse, financiarse y proyectarse más allá de las fronteras.
¿Cómo se combate el crimen organizado?
Existe una diferencia fundamental entre la delincuencia tradicional y el crimen organizado transnacional. Mientras un patrullaje intensivo puede prevenir delitos de oportunidad o aumentar la probabilidad de detectar infractores comunes, las organizaciones criminales modernas operan bajo una lógica distinta. Poseen estructuras jerarquizadas, recursos financieros, redes internacionales y capacidad para reemplazar rápidamente a quienes son detenidos.
La experiencia acumulada en investigación criminal y cooperación policial internacional demuestra que estas organizaciones rara vez son derrotadas mediante acciones exclusivamente visibles. Su debilitamiento suele ser el resultado de procesos prolongados de inteligencia criminal, investigación especializada, análisis financiero y cooperación entre instituciones nacionales e internacionales.
Por ello, la experiencia regional demuestra que las organizaciones criminales más peligrosas no han sido desarticuladas únicamente mediante patrullajes o controles masivos. Los resultados más significativos se han obtenido cuando los Estados han sido capaces de identificar sus estructuras de mando, afectar sus fuentes de financiamiento y anticipar sus movimientos mediante inteligencia e investigación estratégica.
La seguridad pública contemporánea enfrenta así una tensión permanente entre aquellas medidas que generan percepción de control y aquellas que efectivamente reducen la capacidad operativa de las organizaciones criminales.
Los copamientos pueden recuperar espacios; la inteligencia criminal puede recuperar el control del territorio. Confundir ambos objetivos puede conducir a estrategias eficaces para la percepción, pero insuficientes para la solución del problema. Cuando el crimen organizado ya se encuentra instalado, la respuesta del Estado debe ser necesariamente más sofisticada que el problema que pretende resolver.
La capacidad del Estado, esencial para combatir estructuras criminales
La presencia policial visible sigue siendo necesaria. Los ciudadanos tienen derecho a percibir que el Estado ejerce control sobre el territorio. Sin embargo, cuando la principal amenaza proviene de estructuras criminales complejas, la discusión no puede agotarse en el número de controles realizados ni en la cantidad de efectivos desplegados en las calles.
La pregunta estratégica es otra: ¿cuánta capacidad posee el Estado para anticipar amenazas? ¿Qué tan eficaces son sus sistemas de inteligencia criminal? ¿Cómo se coordinan policías, fiscales y organismos especializados para desarticular organizaciones completas en lugar de detener únicamente a sus integrantes más visibles?
Quizás la discusión de fondo no sea cuántos policías observamos hoy en una esquina, sino cuántas organizaciones criminales han sido efectivamente neutralizadas antes de consolidarse. Porque la seguridad moderna ya no se juega únicamente en la calle. También se juega en los centros de análisis criminal, en las unidades de inteligencia, en los equipos de investigación financiera y en los mecanismos de cooperación internacional.
Chile, al igual que otros países de América Latina, enfrenta hoy un punto de inflexión. La ciudadanía demanda respuestas inmediatas y las autoridades buscan responder mediante acciones visibles. Sin embargo, el combate contra el crimen organizado exige una visión estratégica de largo plazo, capacidades especializadas y una comprensión profunda de fenómenos criminales que evolucionan constantemente.
La seguridad del siglo XXI no se medirá únicamente por la cantidad de policías presentes en una esquina. Se medirá, sobre todo, por la capacidad del Estado para comprender, anticipar y derrotar organizaciones criminales complejas.
Porque la diferencia entre contener el delito y derrotar al crimen organizado no está en la magnitud del despliegue visible, sino en la capacidad de actuar antes, comprender mejor y golpear donde verdaderamente les duele a las organizaciones criminales: su estructura, su patrimonio y su capacidad de operar.
Sobre el autor:
Richard Biernay Arriagada es Ingeniero Civil Industrial, Relacionador Público, Magíster en Didáctica para la Educación Superior y Oficial Superior en retiro de la Policía de Investigaciones de Chile (PDI). Fue Jefe de Interpol Chile, Jefe del Laboratorio de Criminalística Central, Jefe de la Prefectura Colchagua y Cardenal Caro y Agregado Policial de Chile en Emiratos Árabes Unidos.
Fue Premio Nacional de Relaciones Públicas de Chile 2021, actualmente se desempeña como consultor sénior internacional, y académico especialista en materias de seguridad, comunicación estratégica y gobernanza institucional.






